Para la mayoría, la causa principal del miedo a hablar en público es sentirse juzgado: tememos que nos saquen fallos, ponernos en evidencia, aparecer nerviosos, hacer el ridículo, no saberlo todo, no estar a la altura, … ¡Yo, yo, yo!Bajo mi punto de vista, la raíz del problema estriba en que ante esta situación vuelcas todo tu foco mental en ti mismo y en cómo lo harás.

En ningún momento se te ha ocurrido pensar en las necesidades de la audiencia ni en cómo servirla mejor. Tu propia inseguridad hace que busques a toda costa la aprobación de tu audiencia. Y cuanto más necesites su aceptación, más te esforzarás por impresionarla y menos por satisfacer sus necesidades.

Por el contrario, cuanto más te preocupas por tu audiencia y menos por ti mismo, menor será tu miedo a hablar en público y mejor conectarás con ella. Entonces te mantienes alerta ante las necesidades de tu audiencia: ¿qué necesita?, ¿me está siguiendo?, ¿estoy resolviendo su problema?, ¿cómo puedo ayudarla mejor?, ¿le aportará valor mi presentación? Tu mensaje ya no brota de la cabeza sino del corazón y conecta con las ideas y creencias que te apasionan.

 

Cuando alejas el foco de ti mismo y lo centras en la audiencia, hablar en público se transforma en una herramienta de crecimiento y desarrollo personal. A lo largo de todos estos años como orador y formador, he descubierto los siguientes beneficios de hablar en público:

  • Te ayuda a sacar lo mejor de ti mismo: En una presentación no hablas para ti, hablas para la audiencia. Cuando te centras en las necesidades de tu audiencia y no en las tuyas propias, rebuscas en tu interior, en tus conocimientos y experiencias, para ofrecer aquello que pueda servirle a sus intereses. Aprendes a dar en cada ocasión lo mejor de ti mismo, a comunicar con pasión, a contagiar entusiasmo, tanto en presentaciones en público como en conversaciones en privado.

 

 

  • Te vuelves más atento a la vida en busca de fuentes de inspiración:  A un orador no se le paga por hablar 30 ó 60 minutos, sino por las décadas de experiencia que hacen presuponerle ideas interesantes, provocativas, entretenidas, inspiradoras, educativas. Continuar aportando este tipo de ideas en cada presentación exige buscar inspiración en todo tipo de fuentes en las que habitualmente no reparas: películas, libros, canciones, conversaciones, juegos, revistas,  viajes, sueños, etc. Aprendes a abrir todos tus sentidos, a apreciar las pequeñas cosas, a encontrar valor en lo aparentemente intrascendente.

 

  • Llegas a la esencia de las cosas: Al principio quieres contarlo todo en tus presentaciones, sin dejar fuera ni el más nimio detalle. Pronto aprendes que no importan tanto los detalles como la gran foto, que vale más la visión clara que la erudición, que la verdadera sabiduría reside en la sencillez en lugar de en la complejidad. A medida que pasa el tiempo, vas destilando la esencia de tus ideas y conocimientos. A fuerza de simplificar mensajes, también en tu vida comienzas a apreciar la esencia de las cosas, te haces más minimalista, te desprendes de lo superfluo. Valoras las experiencias por encima de los objetos, disfrutas de lo práctico por encima de lo ostentoso, te fijas en lo que son las personas más que en lo que hacen.

 

  • Compartes experiencias auténticas: Al pasar los años ya no buscas impresionar a la audiencia con el relato de tus logros, buscas inspirarla con tu experiencia personal sin ocultar tus fracasos ni reveses. Ya no te importa mostrar tu vulnerabilidad ni presentarte como un ser humano con defectos. Aprendes a despojarte de tu máscara de perfección que en cualquier caso todos reconocen como tal y sólo sirve para distanciarte de tu audiencia y de ti mismo. Vas aprendiendo a ser tú mismo: abierto, espontáneo y natural. Y no sólo delante de las audiencias, sino en todas las situaciones.

 

  • Aportas valor: Vas interiorizando con los años que una presentación es un acto vivo de comunicación donde un ponente expone desde el corazón sus ideas delante de una audiencia formada por personas con sus inquietudes, problemas e historias personales. Se trata de una oportunidad única para aportar valor a las personas, para lo cual antes debes aprender a valorarlas. Tu charla de 30 minutos puede cambiar a una persona de por vida. ¿Qué mejor regalo puedes hacerle? Cuando ves estos resultados mágicos, buscas en todas tus relaciones aportar el máximo valor. De hacer presentaciones en eventos pasas a hacer presentes en tu vida.

 

  • Ganas confianza y seguridad en ti mismo: Hablar en público te desnuda, te confronta con tus miedos más íntimos. La única manera de superar el temor es enfrentarse a él una y otra vez, hacer aquello que temes tantas veces como se te presente la ocasión. Confrontar el miedo a hablar en público te ayuda a comprender mejor los mecanismos psicológicos del miedo y a no temerlo. Como consecuencia, vas ganando seguridad y confianza no sólo en presentaciones multitudinarias sino en otras situaciones que producen temor o ansiedad. Te sientes más libre de expresarte tal como eres. Te sientes más inclinado a abandonar tu zona de confort y seguir creciendo. Abrazas el riesgo porque amas la vida.

 

Cualquier actividad, desde las artes marciales hasta la música, pasando desde luego por las presentaciones, puede convertirse en un camino de crecimiento interior. Pregúntate si tus presentaciones poseen menos cabeza y más corazón.

— Gonzalo Álvarez