La tecnología nos deslumbra, se ha convertido en una parte indispensable – e indivisible – de nuestra vida. La mecanización de procesos a través de maquinas y dispositivos, la eliminación de barreras en la comunicación o la inmediatez en la obtención de resultados, ha provocado una aceptación de todo lo tecnológico como algo positivo para nuestra forma de HACER, de producir. Nuestro sentido crítico en ese aspecto está bajo mínimos.
Las tecnologías de la información y la comunicación suponen un gigantesco paso adelante, cuya transformación va más allá del ámbito funcional. Lo nuevo no se queda en la innovación técnica, se filtra lentamente a otras áreas de nuestra vida, modificando nuestra forma de relacionarnos, de comunicarnos y como no, de trabajar.
Sin embargo debemos comprender que las herramientas deben tener una finalidad, sin ello disponer de una gran equipación para hacer frente al día a día solo significa exceso y un mal uso de recursos. Hay que distinguir qué nos aporta algo útil y qué no, pero para hacerlo uno debe conocerse a sí mismo y a su forma de trabajar. Algo que puede resultar complicado.
¿No es más lógico asimilar una metodología de trabajo, crear el hábito para ponerla en práctica de forma sistemática y dejar para más adelante la incorporación de la tecnología para mecanizar los procesos?
Nos damos cuenta de lo que no va bien en nuestra rutina, de lo que podía ir mejor e intentamos actuar en consecuencia. Con demasiada frecuencia la solución suele ser buscar el cambio a través de lo tecnológico. Un software, un nuevo dispositivo que incorporamos a nuestro repertorio de recursos para ‘trabajar mejor’. El destello provocado por la novedad nos impide percibir que las cosas siguen sin funcionar, pero seguimos adelante. El hecho de no haber pensado lo suficiente en la forma cómo debemos trabajar, y en cómo encajar este nuevo ítem a nuestro sistema, provoca fricciones que terminan con el abandono del nuevo juguete.
A menudo la baja tecnología se acopla a nuestra forma de ser y de hacer con una naturalidad pasmosa. Somos capaces de incorporarla sin generar molestias, ni un gran dispendio de tiempo en aprender su uso. ¿Quieres una prueba? Sustituye en tu imaginario la palabra Smartphone por bloc de notas, uno de esos blocs pequeños que caben en tu bolsillo junto con un boli. Si quieres recopilar todo lo que se te pasa por la cabeza, descargar tu mente de todas las ideas, detalles a tener en cuenta, posibles problemas que te sobrevengan en cualquier momento y lugar, ¿es más sencillo hacerlo en forma manuscrita?
Piensa en lo que sucede con tu PDA: La sacas del bolsillo, la desbloqueas, accedes a la aplicación que usas para ese fin, creas una nueva nota y la guardas. ¿No resulta demasiado complejo? ¿Y con el bloc? Lo sacas, lo abres por la página en blanco y anotas. En el 90% de los casos siempre será más simple.
Cuando consigas fijar ese hábito podrás pensar en su sofisticación incorporando un software o hardware para conseguir una mayor automatización. Disponer poderosos dispositivos y software no servirá de nada si nos vemos incapaces de modificar esos comportamientos erráticos que impiden aplicar correctamente las pautas de nuestro método de trabajo. He aquí el quid de la cuestión.
Lo tecnológico nos proporciona nuevas formas de trabajar, nuevas vías de producir donde todo va mucho más rápido, donde aumentan las conexiones entre los individuos, donde se multiplican las posibilidades para hacer las cosas… pero a nosotros nos corresponde darle un uso adaptado a nuestra rutina para generar un valor real y, si se da el caso, generar el encaje cambiando rutinas y hábitos. Siempre buscando el mismo fin, hacer nuestra vida un poco más fácil.
– David Torné
Entrada escrita por David Torné blogger especializado en Productividad Personal y GTD
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