"Que no te duerman con cuentos de hadas…"

— Chavela Vargas

Observo en los entornos relacionados con el desarrollo personal una proliferación de mensajes, vídeos y presentaciones en los que se invita al optimismo sin reservas. Suelo prestarles atención porque vienen de personas a las que sigo o son más o menos cercanas, de las cuales me interesan sus inquietudes e ilusiones, pero reconozco que suelen dejarme un poco frío. Después del sentimiento de euforia inicial que pueden provocarme, noto que alguien dentro de mí levanta con timidez una mano para plantear las dudas que le despierta la melosidad con la que se aconseja cambiar porque sí la decepción por la alegría y pensar en las cosas que hacen sentir bien cuando ocurren cosas en el mundo con las que uno se siente mal.

No porque yo sea demasiado racional o carezca de sensibilidad para empatizar con determinados mensajes. Por el contrario, quien, de hecho, levanta la mano, quien duda, creo que son mis propias emociones. Por mucho que les motive lo que ven, una parte de ellas sigue diciéndome que no entienden que tengan que mudar la cara ante la adversidad y vestir de fiesta en los funerales sin que lo amparen razones de verdadero calado. Me recuerdan que por mucho que trate de disfrazarlas ellas están ahí para contarme lo que me está pasando realmente.

Cuando esto ocurre, me gusta pensar que se mantienen fieles a su oficio de mensajeros. Estamos tan empeñados en esta época en buscar la felicidad cambiando nuestra manera de sentir (tratando el síntoma y no el problema), que hemos terminado olvidando que el propósito principal de las emociones no es darnos placer, sino proporcionarnos información, decirnos qué es importante para nosotros, qué necesitamos y qué nos conviene modificar. Negarlas es cometer la injusticia de matar al mensajero por traernos malas noticias, cuando precisamente son esas noticias las que nos ayudan a saber hacia dónde caminar para ser felices.

No quiero decir con esto que debamos dejarnos gobernar por las emociones negativas, sucumbir al pesimismo, a los accesos de ira o de dolor, sino que aprendamos a escucharlas. Frente a una dictadura del optimismo, que nos dice que cambiemos nuestra manera de sentir, que matemos, o hagamos callar al mensajero, o un anarquismo de los impulsos básicos, lo que defiendo es una democracia de las emociones, un diálogo con ellas que nos ayude a encontrar la mejor decisión para hacer que nuestra vida mejore.
Las imagino como viajeros que vienen de tierras lejanas para contarme algo importante de mí mismo. Cuando vienen a visitarme, sea cual sea el tipo de noticia que traigan, procuro hacerles pasar, trato de que se pongan cómodas y les pido que me cuenten en su idioma, a veces difícil de traducir, lo que les ha traído hasta mí, cómo es el lugar del que provienen, de qué pasado y presente me están hablando.

Las emociones nos hablan del origen de nuestras creencias y de nuestra manera de concebirnos a nosotros y al mundo. A veces basta con preguntarse ¿qué es exactamente lo que estoy sintiendo? ¿a qué creencia responde esta emoción?¿qué está diciéndome acerca de quién soy y acerca de lo que es importante para mí? para empezar a comprender qué es realmente lo que quiero, qué pensamientos me limitan y qué conviene que trate de cambiar de mi entorno.
Es cierto que requiere un trabajo, un cierto grado de paciencia. No es, desde luego tan fácil como dejarse seducir por un power point, pero es que ser feliz es un arte que tiene que ver más con las razones de una fiesta que con los fuegos de artificio, con un modo de ser que se aprende y se conquista con el tiempo.

— Giancarlo Ferrari

Esta entrada ha sido escrita por Giancarlo Ferrari, coach y autor del blog Actúa Coaching